Cuando los aguerridos romanos descubrieron aquel trozo de isla azul en medio de su “Mare Nostrum”, su primer impulso fue previsible, instintivo, invadirla. Necesitaban conquistar todo el archipiélago, y principalmente la isla de Mallorca, para asegurarse las provisiones de sus navíos de guerra y controlar el incipiente comercio de aquella zona indómita y salvaje.
Pero el mismísimo Quinto Cecilio Mételo, comandante en jefe de las legiones invasoras, jamás pensó en los contratiempos que descubriría al tratar de posar sus pies sobre “la roca azul”. Ni siquiera pasó por su cabeza que aquellos incivilizados bárbaros que lanzaban sus jabalinas con una fuerza increíble, que apenas cubrían sus cuerpos con pieles de cabras salvajes y que utilizaban sus hondas con una precisión casi quirúrgica, le ocasionaran tantas bajas como perdidas de barcos a la hora de intentar desembarcar.
Aquellas precarias armas que utilizaban los honderos Baleares, fabricadas con tripas de animales y cuero, arrojaban sus piedras a la velocidad de un proyectil de la edad media. Con una precisión infernal, los indeseables proyectiles impactaban justo en la línea de flotación de los navíos romanos y obligaron a la avanzada legión a cubrir sus barcos con cueros de animales para evitar ser hundidos. En los anales de la historia quedara aquel sutil, pero desicivo invento como el primer acorazado marino del cual se tenga constancia escrita, para misiones de guerra en alta mar.
En el año 123 a.C. luego de dos interminables años de luchas e intentos de colonización las legiones romanas pudieron, por fin, poner sus pies en tierra firme y fundar las colonias de Palmaria (Palma de Mallorca) y Pollentia (Pollença).
A principios del siglo XX, muchas familias mallorquinas arruinadas por las constantes crisis agrarias se agrupaban en filas interminables en el puerto de Palma. Intentaban con determinación tomar uno de los pocos barcos que zarpaban hacia las Américas, tierra de abundancia y oportunidades. Claro que solo los más adinerados o con mejores contactos a bordo de los navíos podían conseguirlo.
Desde siempre ha resultado muy complicado arribar o abandonar estas idílicas islas mallorquinas, ya sea por culpa de sus aguerridos defensores, por su accidentada geografía marina llena de islotes y pedruscos, o por la falta de recursos de sus sufridos habitantes. Claro que esto no lo sabia el joven Rashid, ni los tres marroquíes que aquella madrugada primaveralmente extraña se acercaron sigilosamente a la inquietante isla dormida.
A bordo de una barca en estado deplorable, de maderas putrefactas y haciendo aguas por los innumerables agujeros de su casco, los desgraciados aventureros padecían los estragos de una larga semana a la deriva, a la merced de las corrientes marinas y de los designios de Ala. No sabían nada de su historia, ni de sus honderos ya perdidos en la noche de los tiempos, pero algo más poderoso, sigiloso e infalible los vigilaba de cerca. El potente radar de pulsos “Doppler” situado sobre los acantilados de la “Cala Pi” perseguía su estela desde hacia horas, calculando meticulosamente la trayectoria de la nave moribunda y la hora precisa de su llegada.
Antes de colisionar contra la tierra firme dos lanchas rápidas de la Guardia Civil les esperaban, eso si, sin hondas ni jabalinas. A las tres horas ya estaban prestando declaración en las comandancias de la “Benemérita”. Al día siguiente un vuelo despegaba desde el aeropuerto de San Joan rumbo a Marruecos, en una de las expulsiones más aceleradas que se recuerdan.
Hoy en día, un desdichado Rashid continua mirando el mar, esperando la temporada de calor y de suaves vientos, calculando, proyectando, idealizando una nueva incursión a la tierra prometida. Cada vez que los nuevos aspirantes a lanzarse al mar le preguntan como es aquello, como es Europa, el no sabe muy bien que contestar, ya que el poco tiempo que estuvo dentro de sus fronteras no alcanzó a discernir demasiado aquel lejano mundo. Pero hay algo cierto, piensa «debe de haber mucha fortuna y riqueza en aquella tierra, para ser tan difícil de conquistar».